AMORES PERROS, PERROS AMORES
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| Mis maridos |
Advierto antes de
empezar que el objetivo de este blog no era adentrarme en el escabroso mundo de
mis historias amorosas. Solo que a petición de mis lectoras, haré un pequeño
brake para contarles porqué fue que terminé casada a los 36 con un hijo de 16
que por supuesto no es hijo de mi esposo.
Debo empezar por
decirles que sufro, como les dije en una entrada pasada, de personalidad
múltiple. Entre el ficticio “John” y todos los seres que me habitan nunca sé
cuál es la que habla, pero siento que en el amor tengo dos personalidades que
predominan: para ponerlo en razas de perros, creo que así es más fácil
comprender, está la perra adoptada y la de raza. Una es una Rottweiler que
llamaré Kila. Y la otra es una criollita, cruce entre labradora y pincher. Ya
sé que suena imposible, pero es que así es. Pónganle imaginación a la cosa que
si no, no vamos a llegar a ninguna parte. A esta la llamaré Dida.
Bueno, teniendo
los dos personajes, ahora sí empecemos no sé por dónde porque principio no hay.
Dida era una cachorra recostadita en fea pero muy enamorada. Kila en cambio era
imponente y algo malévola. No se conocían en lo absoluto, pero ambas estaban convencidas
de que algún día encontrarían el amor. Dida se enamoraba siempre de los perros
más sarnosos, esos que jamás la querrían y que por el contrario le dejarían el
corazón destrozado. Kila por su parte era más fregada todavía. A ella le
gustaban los perros fieles y mansos, esos a los que ella pudiera dominar y
clavarles los colmmilos justo en la yugular.
En la mitad de
ambas, digamos que estoy yo. Una yo que a veces es capaz de no pararle bolas a
ninguna de las dos, aunque en realidad haya sido poseída casi todo el tiempo
por este par de locas.
Cuando conocí a
mi “peor es nada” yo andaba muy Kila, rompiendo corazones a diestra y siniestra
porque la boba de Dida estaba incapacitada debido al último sarnoso con el que
se metió. Debo confesar que él me parecía medio insípido aunque muy bonito. Él
era parte del paisaje de una barra de amigos, perros callejeros, pero de raza,
que había conocido tiempo atrás. Por puro despecho saqué a bailar en una rumba al
“Peor es nada” y me quedé con él toda la noche mientras el licor hacía lo suyo.
Terminando la fiesta nos besamos apasionadamente en la cocina de su casa y
justo apareció su mamá. ¡Oh por Dios! Con que facilidad pasé de ser Kila a
Dida, casi me da un infarto y me fui chillando con la cola entre las patas.
El caso fue que
el asunto como que caló más allá de una nochecita y terminamos como enamorados.
Fueron buenos tiempos. Me gustaba eso de la visita diaria y la compañía constante.
Este hombre, papel de lija número 60 se había transformado en un osito
cariñosito que me mandaba mensajes al beeper, (para menores de 30) repletos de
una ternura desbordante. Todo un logro. Kila y Dida se habían convertido en una
hermosa gatita persa de cola blanca que ronroneaba cada que este semental le
ponía un dedo encima. Estaba enamorada de esa vida rutinaria o al menos eso
creía.
Debí escuchar las
señales del cielo, pues en esa época nos veíamos una novela que se llamaba “Perro
Amor” debí escuchar a mi mamá cuando me decía que un hombre que no trata bien a
la mamá no puede hacerlo con una mujer. No es que no la quisiera, es que era muy
déspota, seco y nada compasivo o cariñoso. Se lo dije muchas veces, eso me molestaba
mucho, pero según yo, no era el hombre con el que pasaría el resto de mi vida.
De hecho ninguno en ese entonces, porque yo solo pensaba en mi carrera. Quería
irme para España estudiar y ser la mejor profesional, quería leerme todos los
libros del mundo, quería… “Tantas cosas ay quisiera”. Pero no. Había otros
planes para mí reservados en este mundo, así que ese: “cuando te quieras casar
y tener hijos vas a tener que buscar a otra porque yo no “ fue como cuando
lanzas la escupa más grande y te cae en tu carotota.
El peor es nada,
veterinario de profesión, especialista en reproducción no se contentó con
preñar a sus yeguas… En medio del peor momento de nuestra relación, Pum, la
noticia: estaba embarazada. No me detendré en los detalles anteriores, ni en
los que vinieron, pero digamos que fue un infierno. Darle la noticia fue
horrible, aceptarlo, muy difícil, contarle a los papás, ni se imaginan, pero lo
peor de todo fue el embarazo sin él.
El tipito se
asustó mucho con eso de ser papá y yo convertida en Dida por completo terminé mendigándole
amor al sarnoso. Es que en ese momento lo de la carrera se me fue al traste y
me volví “Susanita” la de Mafalda. Ya solo soñaba con la casita blanca, el
hogar perfecto con perro incluido. Pero eso no pasó ni de lejos. No hubo casa,
ni hogar y ni siquiera un perro. Peor aún, me convertí en su mamá. De la misma
manera fría y cruel en la que la trataba a ella, lo hacía conmigo. Caramba, las
mamás todo lo saben y pues no tengo otra cosa que decir que la mía me lo dijo,
me lo advirtió, pero yo terca como una mula no escuché.
Para resumir la
historia, a falta de uno tuve tres maridos en mi embarazo. Uno era una amiga
que amo con mi alma. Ella se hizo cargo de mí todo el tiempo. Los otros dos
eran mis mejores amigos de la unidad en la que vivía. Eran tan pendientes, que
en sus casas les preguntaron que si el bebé era de ellos y cuando íbamos por la
calle la gente hacía la pregunta que no faltaba: “¿de quién es el bebé?” Ellos
se reían y respondían al tiempo: MÍO. La pintada de la pieza fue una fiesta
completa, al ritmo de “Tabaco y chanel”, mis “maridos” trabajaban brocha en
mano para hacer de mi pieza de “groncheta”, un lugar adecuado para el bebé en
camino.
El peor es nada
poco aparecía y cuando sabía de él era para enterarme de que andaba de rumba en
rumba con viejas distintas. Yo por supuesto me quería morir, pero no había nada
qué hacer. El peor momento fue cuando después de no aparecer, ni contestar mis
llamadas, siguiendo mi instinto salí a buscarlo. Lo encontré, lo vi desde la
calle, él no me vio. Me bajé del carro de mi amigo con mi barrigota. Me fui
acercando despacio y a mis amigos, uno a uno, se les iba bajando la rasca
cuando me vieron llegar. Trataron de avisarle pero el tipito estaba taaan
llevado que solo reaccionó cuando le toqué el hombro. Se puso pálido. Yo solo
lo miré y lo llamé aparte. Él estaba con una chandosa con la que se lamía las
pulgas y yo solo acaté a decirle: no te preocupés, no te necesito, si esto te
quedó grande, fresco, yo puedo sola, podemos solos y me fui muy digna con mi
barriga, llorando cual Magdalena, creyendo que el mundo se me había acabado. La
dignidad me duró muy poco, debo confesar, muy a mi pesar, que luego le pedí que
volviera conmigo, no una, ni dos, fueron más o menos 1.348 veces, pero no
funcionó.
Ni para qué les
cuento lo que fue el parto. Solo puedo decir que entre los vallenatos de mi ginecólogo
que cantaba “y cómo le pago a mi dios, como le pago yo, por tenerte a mi lado”
para ver si me relajaba y las caritas de dos de mis maridos esperándome
asomaditos en la puerta de la sala de partos, ese día fue inolvidable. El 21 de
agosto de 2001 nació la razón por la que hoy me río de historias como esta, la
razón para levantarme, la razón para creer que el amor existe más allá de lo
imaginable y que a pesar de todo, estaríamos bien. Ese día nació Miguel Escobar
Arango, la persona de la que me siento más orgullosa en este mundo, el amor más
grande, mi ángel y mi estrella.
Esta historia continuará…


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